La soledad entre los adolescentes españoles ha experimentado un fuerte aumento. El porcentaje de jóvenes de entre 12 y 16 años que declara sentirse solo pasó del 7% en 2018 al 13,6% en 2022, prácticamente el doble en apenas cuatro años.
La tristeza también creció de forma considerable durante el mismo periodo. Los adolescentes que manifestaban sentirse tristes representaban el 11,9% en 2018 y alcanzaron el 19,5% en 2022.
Los datos forman parte de un nuevo barómetro sobre bienestar emocional adolescente presentado el 15 de octubre de 2026, que permite observar una ruptura clara respecto a los años anteriores.
La soledad pasa del 7% al 13,6%
La evolución resulta especialmente llamativa porque los indicadores de bienestar emocional se habían mantenido relativamente estables entre 2006 y 2018.
El cambio se concentra posteriormente.
En 2022, prácticamente uno de cada siete adolescentes de entre 12 y 16 años declaraba sentirse solo, frente a aproximadamente uno de cada catorce cuatro años antes.
La tristeza siguió una trayectoria similar: pasó del 11,9% al 19,5%.
| Indicador | 2018 | 2022 |
| Adolescentes que se sienten solos | 7% | 13,6% |
| Adolescentes que se sienten tristes | 11,9% | 19,5% |
| Pueden concentrarse siempre o casi siempre | 55% | 40,1% |
El deterioro no aparece únicamente en las emociones declaradas. La capacidad para prestar atención y concentrarse siempre o casi siempre cayó casi 15 puntos porcentuales.
Las chicas registran un deterioro mucho mayor
La evolución tampoco ha sido igual entre chicos y chicas.
Entre 2018 y 2022, el indicador utilizado para medir el bienestar de los chicos descendió 0,14 puntos. Entre las chicas, la caída alcanzó los 0,41 puntos.
El deterioro fue, por tanto, casi tres veces mayor entre las adolescentes.
Esta diferencia convierte el sexo en uno de los elementos más relevantes a la hora de analizar cómo ha cambiado el bienestar emocional juvenil durante esos cuatro años.
Los adolescentes con menos recursos presentan menor bienestar
La situación económica familiar también aparece relacionada con los resultados.
En 2022, los adolescentes pertenecientes a familias con menos recursos económicos registraron un nivel de bienestar de 3,26 puntos.
Entre quienes vivían en hogares de nivel socioeconómico medio ascendía a 3,4, mientras que en las familias con mayor nivel económico alcanzaba 3,54 puntos.
La diferencia indica que el bienestar adolescente no depende exclusivamente de circunstancias individuales. El entorno familiar y socioeconómico también está asociado con la forma en que los jóvenes perciben su situación emocional.
Uno de cada tres adolescentes mantiene un elevado estigma sobre la salud mental
El informe analiza además un problema diferente: la forma en que los propios jóvenes perciben los trastornos y dificultades relacionados con la salud mental.
Uno de cada tres adolescentes presenta niveles elevados de estigma, especialmente entre los chicos.
Ese estigma puede manifestarse mediante prejuicios, rechazo o distanciamiento hacia las personas que atraviesan problemas de salud mental.
También puede tener una consecuencia práctica: cuanto mayor es el estigma, menor es la capacidad para reconocer determinados problemas y menor la tendencia a solicitar ayuda profesional.
Los adolescentes con niveles más bajos de estigma identifican con mayor frecuencia estas situaciones tanto entre sus familiares como entre sus amigos.
Pedir ayuda sigue siendo una barrera
Reconocer que existe un problema constituye uno de los primeros pasos para poder afrontarlo.
Durante la adolescencia, sin embargo, el miedo a ser juzgado, la vergüenza o la percepción de que determinadas emociones deben ocultarse pueden dificultar que un joven explique lo que le ocurre.
Los resultados apuntan precisamente a esa relación entre estigma y petición de ayuda.
Por ello, una de las prioridades planteadas es conseguir que colegios e institutos sean espacios donde resulte más sencillo comunicar un problema y acceder a orientación antes de que el malestar se agrave.
También se plantea reforzar la atención especializada en salud mental infanto-juvenil y mejorar la capacidad de las familias para identificar señales que requieren atención.
El cambio se concentra después de 2018
La perspectiva histórica es uno de los elementos que mejor permite interpretar los datos.
Los indicadores analizados permanecieron relativamente estables entre 2006 y 2018. El deterioro aparece con mucha mayor claridad en las mediciones posteriores.
Eso obliga a evitar una lectura simplista de la situación.
Los datos muestran qué ha ocurrido, pero por sí solos no permiten atribuir el cambio a una única causa. El aislamiento vivido durante la pandemia, las relaciones sociales, la situación económica familiar, el entorno educativo o los hábitos digitales pueden formar parte del contexto, pero el aumento de la soledad no puede explicarse automáticamente mediante uno solo de esos factores.
Lo que sí permiten afirmar las cifras es que el bienestar emocional de los adolescentes españoles sufrió un deterioro muy acusado entre 2018 y 2022.
La soledad prácticamente se duplicó, la tristeza aumentó con fuerza y la capacidad declarada para concentrarse descendió de manera considerable. El dato más relevante quizá no sea únicamente que más adolescentes se sientan solos, sino que el cambio se produjo después de más de una década de relativa estabilidad y afectó con especial intensidad a las chicas y a los jóvenes de familias con menos recursos.
