Asalto colonial a la fortaleza ribereña

Casi un siglo antes de que los soldados estadounidenses desembarcaran en Vietnam, España ya había combatido y derramado sangre en aquellas tierras. Ocurrió en 1858, durante el reinado de Isabel II, cuando un ejército formado por españoles y filipinos participó junto a Francia en una expedición militar contra el Imperio de Annam. Aquella campaña, conocida como la guerra de Cochinchina, se prolongó hasta 1863 y terminó con una paradoja difícil de ignorar: España contribuyó a derrotar al ejército vietnamita, pero fue Francia quien obtuvo las principales conquistas territoriales.

Miles de kilómetros separaban Madrid de los campos de batalla. Los soldados enviados desde Filipinas tuvieron que enfrentarse a fortificaciones, enfermedades tropicales y un enemigo que conocía perfectamente el terreno. Participaron en la conquista de Saigón, resistieron prolongados asedios y sufrieron importantes bajas.

La historia de aquella guerra también es la de una oportunidad colonial que España no llegó a materializar. Mientras Francia convirtió sus victorias en el comienzo de un imperio asiático, Madrid terminó conformándose con compensaciones económicas, derechos comerciales y garantías religiosas.

El asesinato de un obispo español que desencadenó la guerra

A mediados del siglo XIX, Vietnam estaba gobernado por el emperador Tự Đức, perteneciente a la dinastía Nguyễn. Su territorio despertaba un creciente interés entre las potencias europeas, especialmente Francia, que pretendía ampliar su influencia comercial y política en Asia.

Desde décadas anteriores, misioneros españoles y franceses habían desarrollado una intensa actividad religiosa en la región. Muchos procedían de Filipinas, donde España mantenía una importante presencia colonial.

Las autoridades vietnamitas consideraban que la expansión del cristianismo podía amenazar el orden político y social del imperio. La persecución religiosa se intensificó y varios sacerdotes fueron encarcelados o ejecutados.

Uno de los episodios más graves ocurrió el 20 de julio de 1857, cuando el obispo español José María Díaz Sanjurjo fue ejecutado por orden de las autoridades vietnamitas.

Su muerte provocó una fuerte reacción en Europa. Francia utilizó el asesinato como argumento para impulsar una intervención militar destinada, oficialmente, a proteger a los misioneros y garantizar la libertad de culto.

Pero los intereses franceses iban mucho más allá de las cuestiones religiosas.

El emperador Napoleón III aspiraba a establecer una presencia permanente en el sudeste asiático. Vietnam ofrecía puertos estratégicos, recursos agrícolas y posibles rutas comerciales hacia el interior de China.

En diciembre de 1857, Francia propuso a España una expedición conjunta contra el Imperio de Annam.

El Gobierno de Isabel II aceptó participar. Lo que inicialmente se presentó como una operación de castigo acabaría convirtiéndose en una guerra de conquista colonial.

España prepara un ejército de 1.500 hombres en Filipinas

El 25 de diciembre de 1857, el Gobierno español ordenó organizar una fuerza expedicionaria de 1.500 soldados destinada a intervenir en Cochinchina junto a las tropas francesas.

La operación se preparó desde Filipinas, una de las principales posesiones españolas en Asia.

Un detalle fundamental es que buena parte de aquellos soldados no eran peninsulares, sino filipinos que servían en el Ejército colonial español.

La participación filipina resulta imprescindible para comprender la dimensión real de la campaña. Aquellos hombres combatieron bajo bandera española, aunque procedían de un territorio sometido a la administración de Madrid.

La movilización fue progresiva. Al comienzo de las operaciones, España había conseguido reunir alrededor de 500 hombres, una fuerza inferior a la inicialmente prevista.

La expedición contó con unidades de infantería, artillería e infantería de marina, además del apoyo de varios buques de guerra.

Entre las embarcaciones españolas destacaron el vapor Elcano y, posteriormente, el Jorge Juan.

El coronel Bernardo Ruiz de Lanzarote asumió el mando de las principales fuerzas terrestres españolas, mientras que Mariano Oscáriz destacó en las primeras operaciones de desembarco.

El conjunto de la expedición quedó bajo dirección francesa, inicialmente ejercida por el contralmirante Charles Rigault de Genouilly.

Esta subordinación tendría consecuencias importantes: España aportaba hombres y recursos, pero las grandes decisiones estratégicas dependían fundamentalmente de París.

Agosto de 1858: los españoles desembarcan en Vietnam

El 31 de agosto de 1858, la escuadra franco-española llegó a la bahía de Turón, actualmente Da Nang, situada en la costa central de Vietnam.

El objetivo inicial consistía en conquistar aquella posición y presionar al emperador Tự Đức para obligarlo a aceptar las condiciones europeas.

Tras exigir la rendición de las defensas costeras, los aliados abrieron fuego contra las fortificaciones vietnamitas.

El desembarco permitió ocupar las principales posiciones de la bahía a comienzos de septiembre.

La victoria inicial parecía confirmar la superioridad militar de los europeos, especialmente por la potencia de fuego de sus buques.

Pero el ejército vietnamita evitó quedar destruido y reorganizó su resistencia.

Las tropas imperiales establecieron posiciones alrededor de la zona ocupada, dificultaron los movimientos enemigos y bloquearon los accesos terrestres.

Los europeos controlaban la bahía, pero no podían avanzar con facilidad hacia el interior.

El calor, las lluvias y las enfermedades empezaron a causar tantas dificultades como los propios combates.

La campaña que debía resolverse rápidamente se convirtió en una operación de desgaste. Las fuerzas aliadas quedaron atrapadas en una posición que exigía hombres, suministros y recursos sin proporcionar los resultados políticos esperados.

Ante el estancamiento, el mando francés decidió dirigir parte de sus fuerzas hacia un objetivo mucho más ambicioso: Saigón.

La conquista de Saigón: España entra en combate

En febrero de 1859, una fuerza franco-española avanzó hacia Saigón, uno de los centros comerciales más importantes del sur vietnamita.

La ciudad tenía un enorme valor estratégico por sus comunicaciones fluviales y su proximidad a las fértiles regiones del delta del Mekong.

Los buques europeos tuvieron que superar defensas situadas a lo largo de los accesos fluviales antes de alcanzar las principales fortificaciones.

El 17 de febrero de 1859, Saigón cayó en manos de los expedicionarios.

Las fuerzas españolas participaron en los enfrentamientos y contribuyeron a superar las posiciones defendidas por los soldados vietnamitas.

La caída de Saigón representó un éxito militar de gran importancia, pero tampoco puso fin a la guerra.

El ejército de Tự Đức continuó resistiendo y consiguió mantener bajo presión a los ocupantes.

Francia, además, tuvo que destinar recursos militares a su intervención en China, lo que redujo temporalmente su capacidad para reforzar el frente vietnamita.

La situación se complicó hasta el punto de que las fuerzas europeas quedaron prácticamente cercadas en Saigón.

España también empezó a reducir su contingente. Una parte importante de las tropas regresó a Filipinas y los soldados que permanecieron en Vietnam tuvieron que soportar condiciones cada vez más difíciles.

En aquel escenario emergió uno de los grandes protagonistas españoles de la campaña.

Carlos Palanca, el militar español que luchó por una victoria que no controlaba

Carlos Palanca Gutiérrez, nacido en Valencia en 1819, había participado en la expedición desde sus primeras etapas.

Su actuación militar y su conocimiento de la situación le permitieron adquirir un protagonismo creciente.

En 1859 fue enviado a España para informar al Gobierno sobre el desarrollo de las operaciones y las dificultades que atravesaban las tropas.

Al regresar a Cochinchina en 1860, encontró un panorama muy diferente del que había dejado.

La posición de Turón estaba siendo abandonada y las fuerzas españolas se habían reducido drásticamente.

Palanca asumió el mando de un contingente que apenas superaba los dos centenares de hombres.

Además, recibió atribuciones diplomáticas para representar los intereses españoles durante las futuras negociaciones de paz.

Su situación era especialmente delicada.

Debía combatir bajo la coordinación del mando francés, proteger a unos soldados expuestos a grandes riesgos y defender los intereses de un Gobierno que no siempre compartía las ambiciones territoriales de su aliado.

Palanca participó en operaciones defensivas y ofensivas alrededor de Saigón, donde sus hombres adquirieron reputación por su resistencia.

Pero sería en febrero de 1861 cuando las fuerzas españolas afrontaron uno de sus combates más sangrientos.

La batalla de Kỳ Hòa: casi uno de cada cuatro españoles fue baja

En 1861, Francia pudo enviar importantes refuerzos a Vietnam después de reducir sus compromisos militares en China.

El nuevo contingente, dirigido por el vicealmirante Léonard Charner, permitió organizar una ofensiva destinada a romper el cerco vietnamita sobre Saigón.

El objetivo principal era el complejo defensivo de Kỳ Hòa, una posición fortificada que constituía uno de los principales obstáculos para los aliados.

Durante los días 24 y 25 de febrero se desarrollaron intensos combates.

Las fuerzas europeas tuvieron que avanzar contra parapetos y posiciones defendidas por soldados vietnamitas.

La participación española fue reducida en número, pero muy significativa en proporción a sus efectivos.

Según las cifras recogidas en estudios militares sobre la campaña, participaron en el ataque 177 soldados españoles, de los cuales 46 resultaron muertos o heridos.

BALANCE DEL COMBATE DE KỲ HÒA (1861)

  • Fuerzas españolas: 177 combatientes
  • Bajas españolas: 46 muertos y heridos

Las bajas representaron aproximadamente el 26 % del contingente español participante.

El propio Carlos Palanca resultó herido en una pierna durante los enfrentamientos.

La batalla terminó con la ruptura de las defensas vietnamitas y permitió a los europeos recuperar la iniciativa militar.

Después llegaron nuevas operaciones sobre Mỹ Tho, Biên Hòa y otras posiciones del sur.

La superioridad de los refuerzos franceses terminó inclinando definitivamente la balanza.

Para España, aquellas victorias tenían un coste que resultaba difícil justificar sin obtener beneficios políticos comparables.

El enemigo invisible: cólera, enfermedades y condiciones extremas

La guerra de Cochinchina no se libró únicamente frente al ejército vietnamita.

Las fuerzas expedicionarias tuvieron que enfrentarse a un enemigo que no distinguía uniformes: las enfermedades tropicales.

El cólera, la malaria, la disentería y otras infecciones provocaron numerosas bajas y obligaron a modificar operaciones militares.

Los soldados debían combatir en territorios pantanosos, atravesar zonas inundadas y permanecer durante largos periodos en campamentos con deficientes condiciones sanitarias.

Las lluvias monzónicas dificultaban los desplazamientos y convertían los caminos en auténticos barrizales.

La humedad afectaba al armamento, los suministros y los equipos militares.

Las enfermedades debilitaban a las unidades incluso cuando no se producían enfrentamientos.

Los soldados procedentes de Filipinas estaban más familiarizados con determinados aspectos del clima tropical que muchos militares llegados directamente de Europa, aunque eso no significaba que estuvieran protegidos frente a las enfermedades.

Las fuerzas vietnamitas, conocedoras del terreno, aprovecharon estas dificultades mediante posiciones fortificadas, ataques defensivos y maniobras destinadas a desgastar a los invasores.

La guerra demostró que la superioridad naval y artillera europea no bastaba para controlar rápidamente un territorio desconocido.

El Tratado de Saigón de 1862: Francia obtiene el territorio

Después de sucesivas derrotas, el emperador Tự Đức se vio obligado a negociar.

El Imperio de Annam atravesaba también dificultades internas que complicaban la continuidad de la resistencia.

El 5 de junio de 1862 se firmó el Tratado de Saigón entre los representantes vietnamitas, franceses y españoles.

Carlos Palanca participó en las negociaciones como representante de Isabel II.

El tratado puso las bases para terminar la guerra, aunque la resistencia vietnamita continuaría durante los meses siguientes.

El reparto de beneficios mostró las enormes diferencias entre las aspiraciones de los dos aliados.

Condiciones de la pazFranciaEspaña
TerritoriosTres provincias de Cochinchina y Poulo CondoreNinguna adquisición territorial
Indemnización de guerraDerecho a recibir la mitadDerecho a recibir la mitad
ComercioApertura de puertos y derechos comercialesDerechos comerciales reconocidos
ReligiónGarantías para los misioneros y cristianosGarantías para los misioneros y cristianos
Resultado estratégicoBase territorial para expandirse por IndochinaSin establecimiento permanente en Vietnam

Francia obtuvo las provincias de Gia Định, Định Tường y Biên Hòa, además de la isla de Poulo Condore.

España no recibió territorios, aunque sí consiguió compensaciones económicas y derechos vinculados a los objetivos iniciales de la expedición.

Un convenio firmado en París el 4 de agosto de 1863 estableció expresamente que la indemnización de guerra se repartiría por partes iguales entre ambos países.

El problema no fue, por tanto, que España se quedara sin ninguna compensación.

La diferencia fundamental estaba en el valor estratégico de las conquistas.

Francia obtuvo el control de una región desde la que podría extender su dominio por el sudeste asiático. España recibió beneficios que no suponían una presencia colonial permanente.

¿Por qué España renunció a conseguir una colonia en Vietnam?

La explicación es más compleja que una simple traición francesa.

Las instrucciones diplomáticas españolas muestran que Madrid no había descartado completamente la posibilidad de obtener una posición territorial en Vietnam.

El Gobierno consideraba que sus sacrificios militares debían tener una compensación proporcional.

Aunque inicialmente rechazaba una expansión territorial ambiciosa, llegó a contemplar la posibilidad de establecer un enclave en el centro de Tonkín que permitiera proteger las misiones religiosas y reforzar los vínculos comerciales con Filipinas.

La propuesta tenía una lógica estratégica: disponer de un puerto o punto fortificado desde el que mantener relaciones con el territorio vietnamita.

Pero aquella posibilidad nunca llegó a materializarse.

España carecía de los recursos necesarios para sostener una nueva colonia de grandes dimensiones y el Gobierno terminó abandonando la idea de establecer una base permanente.

Además, las prioridades de Madrid eran diferentes.

Francia estaba construyendo una política colonial de largo alcance en Asia. España pretendía proteger sus intereses religiosos y comerciales sin asumir necesariamente el coste de administrar nuevos territorios.

La diferencia de objetivos resultó decisiva.

España no perdió una colonia que ya poseyera, pero sí renunció a convertir su participación militar en una presencia territorial duradera.

La guerra continuó hasta 1863

La firma del tratado no significó que todos los vietnamitas aceptaran la ocupación francesa.

Durante los meses siguientes, diferentes fuerzas locales continuaron resistiendo.

Entre los dirigentes de aquella oposición destacó Trương Định, que rechazó abandonar la lucha contra los europeos.

Las fuerzas españolas todavía participaron en operaciones destinadas a consolidar las posiciones aliadas.

Uno de los últimos enfrentamientos importantes tuvo lugar en febrero de 1863, durante la ofensiva contra Gò Công, un centro de resistencia vietnamita.

El combate terminó con una victoria de las fuerzas coloniales, pero la oposición a la ocupación francesa continuaría posteriormente.

La retirada española se completó después de la aplicación de los acuerdos diplomáticos.

Las tropas regresaron a Filipinas y España puso fin a una expedición que había comenzado casi cinco años antes.

Algunos soldados filipinos permanecieron en territorio vietnamita al servicio de las fuerzas francesas.

La campaña había costado vidas, recursos económicos y años de esfuerzo militar, pero apenas dejó huella en la memoria colectiva española.

Por qué Francia ganó mucho más que España

El desenlace de Cochinchina no puede explicarse únicamente por el resultado de los combates.

Francia había logrado combinar tres elementos que España no consiguió reunir con la misma eficacia: superioridad militar, voluntad de expansión territorial y continuidad política.

El Gobierno francés estaba dispuesto a mantener tropas, organizar una administración colonial y utilizar Vietnam como plataforma para nuevas conquistas.

España, en cambio, sufría importantes limitaciones económicas y militares.

Aunque todavía conservaba Filipinas, Cuba y Puerto Rico, el país no disponía de una capacidad de expansión comparable a la francesa.

Las diferencias también se reflejaron en la dirección de la campaña.

Francia asumió el esfuerzo militar principal y controló buena parte de las decisiones estratégicas. España participó como aliada, pero con una influencia diplomática inferior.

El reparto final respondió a esa desigualdad y a las distintas prioridades de ambos gobiernos.

La conquista de Cochinchina permitió a Francia completar en 1867 la ocupación de las seis provincias del sur vietnamita.

Posteriormente, su expansión se extendió a otros territorios de la región.

En 1887 se constituyó la Unión Indochina, que agrupó bajo administración francesa Cochinchina, Annam, Tonkín y Camboya. Laos se incorporaría posteriormente.

La operación iniciada en 1858 había terminado convirtiéndose en uno de los primeros pasos de un imperio colonial que perduraría durante décadas.

Una guerra olvidada que también libraron soldados filipinos

La memoria española del siglo XIX ha prestado mucha más atención a otros conflictos, como la guerra de África o las campañas coloniales de Cuba.

La expedición de Cochinchina quedó relegada a los estudios militares especializados y a algunas obras históricas.

La ausencia de una conquista territorial española contribuyó a que la campaña no adquiriera la misma relevancia simbólica que otras operaciones.

Pero existe otra razón para revisar su memoria: una parte fundamental de los soldados que participaron bajo bandera española procedía de Filipinas.

Aquellos hombres fueron movilizados desde una colonia para combatir en una guerra decidida por dos potencias europeas.

Su intervención recuerda que la historia militar de España en Asia no puede explicarse únicamente desde Madrid.

También estuvo marcada por las poblaciones de los territorios coloniales, cuyos soldados participaron en operaciones lejos de sus hogares.

Y tampoco puede olvidarse la perspectiva vietnamita.

Para la población local, aquella expedición no fue una guerra lejana entre potencias europeas, sino el comienzo de una ocupación extranjera que alteró profundamente la historia del país.

De la guerra de España en Vietnam a la intervención de Estados Unidos

La guerra de Cochinchina y el conflicto de Vietnam del siglo XX fueron episodios diferentes, separados por casi cien años.

No obstante, ambos forman parte de una historia marcada por la intervención extranjera y la resistencia vietnamita.

Las conquistas francesas del siglo XIX permitieron establecer una administración colonial que se mantuvo durante generaciones.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la presencia japonesa debilitó profundamente el poder francés en Indochina.

Tras el conflicto mundial, el movimiento independentista vietnamita encabezado por Hồ Chí Minh intensificó su lucha contra el retorno de la administración francesa.

La guerra de Indochina terminó en 1954 con la derrota francesa en Dien Bien Phu.

Los acuerdos de Ginebra establecieron una división provisional de Vietnam, que acabaría convirtiéndose en uno de los escenarios más importantes de la Guerra Fría.

La posterior intervención militar estadounidense respondió a circunstancias políticas completamente distintas de las existentes en 1858.

Pero resulta significativo que el territorio donde habían combatido soldados españoles y filipinos se convirtiera, casi un siglo después, en el escenario de uno de los conflictos más conocidos de la historia contemporánea.

La guerra de Cochinchina revela una realidad poco recordada del reinado de Isabel II: España todavía participaba en grandes expediciones militares internacionales, pero su capacidad para influir en los resultados políticos era cada vez más limitada. Sus soldados combatieron en Vietnam, conquistaron posiciones junto a los franceses y pagaron un elevado precio humano. Francia transformó aquellas victorias en el comienzo de su imperio indochino. España regresó a Filipinas sin una nueva colonia y dejó tras de sí una guerra que acabaría desapareciendo de buena parte de su memoria histórica.

error: