Ópera

Durante buena parte de los años cincuenta, el mundo de la ópera pareció dividido en dos bandos. De un lado estaba Maria Callas, intensa, teatral y capaz de convertir cada personaje en una experiencia dramática. Del otro, Renata Tebaldi, admirada por la belleza, amplitud y homogeneidad de una de las voces más celebradas de su tiempo.

La prensa convirtió sus diferencias en una guerra entre divas. Los aficionados eligieron bando, los teatros aprovecharon la comparación y cada actuación alimentaba una nueva discusión.

Pero la historia real fue bastante más compleja.

Callas y Tebaldi no eran cantantes equivalentes, compartían solo parte del repertorio y su enemistad personal fue mucho menor de lo que terminó sugiriendo la leyenda. Lo que sí existió fue una competencia profesional intensa entre dos sopranos extraordinarias que representaban formas muy distintas de entender la ópera.

Dos maneras opuestas de cantar

Renata Tebaldi nació en Pesaro en 1922. Maria Callas llegó al mundo un año después en Nueva York, dentro de una familia de origen griego.

Ambas alcanzaron la cima en la Europa de la posguerra, cuando los grandes teatros buscaban nuevas figuras capaces de devolver a la ópera el esplendor de décadas anteriores.

Tebaldi destacó pronto por una voz amplia, cálida y luminosa. Arturo Toscanini contribuyó a reforzar su prestigio cuando quedó impresionado por sus cualidades y la presentó como una de las grandes voces italianas de su generación.

Callas ofrecía algo diferente.

Su instrumento podía resultar menos convencional, pero tenía una extensión extraordinaria, agilidad para el bel canto y una capacidad dramática difícil de encontrar en otras sopranos de la época.

Tebaldi conquistaba por la belleza del sonido. Callas, por la intensidad con la que transformaba cada personaje.

La comparación era inevitable.

Río de Janeiro, el origen de la rivalidad

Uno de los primeros episodios que alimentaron la leyenda ocurrió en Río de Janeiro en 1951, durante una gira vinculada a La Scala de Milán.

Las dos sopranos coincidieron en un ambiente marcado por seguidores extremadamente apasionados. Hubo abucheos, ovaciones interesadas y enfrentamientos entre partidarios de ambas.

Callas llegó a interpretar algunas reacciones hostiles como maniobras promovidas por sectores favorables a Tebaldi.

A partir de ahí, la rivalidad empezó a crecer por sí sola.

Dos cantantes jóvenes, dos personalidades muy distintas y dos estilos casi opuestos ofrecían una historia perfecta para la prensa.

Callas era teatro; Tebaldi, línea vocal

La gran simplificación de aquella rivalidad consistía en tratarlas como si compitieran exactamente por el mismo terreno.

No era así.

Tebaldi brillaba especialmente en el repertorio de Puccini, Verdi y el verismo italiano. Personajes como Tosca, Mimì, Desdemona, Adriana Lecouvreur o Maddalena de Coigny se adaptaban perfectamente a la amplitud y al lirismo de su voz.

Callas tenía un repertorio mucho más heterogéneo.

Podía pasar de Verdi y Puccini a Bellini, Donizetti, Rossini, Cherubini o Spontini. Además, contribuyó decisivamente a recuperar títulos belcantistas que habían perdido protagonismo en los grandes teatros.

Su influencia tampoco se limitó a la técnica vocal.

Callas defendía que cada frase debía estar al servicio del personaje. La voz, la palabra, el gesto y la intención dramática tenían que formar una sola cosa.

Esa forma de interpretar cambió la manera de concebir la ópera en la segunda mitad del siglo XX.

Tebaldi representaba otra excelencia: legato, continuidad de la línea, belleza tímbrica y plenitud sonora.

Preguntarse cuál era mejor tenía, por tanto, menos sentido musical del que parecía.

Champagne contra Coca-Cola

La rivalidad alcanzó dimensiones casi legendarias cuando comenzaron a circular declaraciones especialmente duras.

La más famosa fue atribuida a Callas: comparar a ambas sopranos era, según aquella frase, como comparar champagne con Coca-Cola.

La expresión hizo historia.

En una época en la que las grandes cantantes de ópera ocupaban portadas de revistas generalistas, una frase de ese tipo podía alimentar durante meses la competición entre seguidores.

También circularon comentarios sobre la supuesta falta de dramatismo de Tebaldi y respuestas de la italiana en las que reivindicaba la emoción de su canto.

La discusión dejó entonces de ser puramente musical.

Había nacido una rivalidad cultural.

La Scala frente al Metropolitan

Los grandes teatros ayudaron indirectamente a consolidar dos identidades distintas.

Callas quedó fuertemente vinculada a La Scala de Milán, donde protagonizó algunas de las producciones más recordadas de los años cincuenta.

Su colaboración con directores como Luchino Visconti, Franco Zeffirelli y Herbert von Karajan convirtió varias representaciones en acontecimientos culturales.

Especialmente célebre fue su La traviata de 1955 dirigida por Visconti.

Callas no se limitaba a cantar a Violetta: quería construirla como personaje teatral.

Tebaldi desarrolló buena parte de su gran carrera internacional en el Metropolitan Opera de Nueva York, donde debutó en 1955 y terminó convirtiéndose en una de las figuras más queridas del teatro.

Callas llegó al Metropolitan un año después.

La prensa encontró ahí otra oposición sencilla: Milán frente a Nueva York, Callas frente a Tebaldi.

La realidad volvía a ser más compleja, pero el relato funcionaba.

Los aficionados convirtieron la ópera en una competición

La rivalidad no pertenecía únicamente a periodistas y empresarios teatrales.

Los seguidores de ambas sopranos llegaron a comportarse como auténticas hinchadas.

Había callasianos y tebaldianos.

Cada agudo, cada ovación, cada cancelación y cada crítica servían para alimentar discusiones.

España también vivió uno de esos episodios.

Cuando Callas ofreció su única actuación en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, el 5 de mayo de 1959, parte del público mostró abiertamente su apoyo a Tebaldi.

Durante el recital llegaron a escucharse gritos de “¡Viva la Tebaldi!”.

Callas acabó imponiéndose artísticamente aquella noche y recibió una gran acogida al final.

El episodio demuestra hasta qué punto la rivalidad había dejado de pertenecer a las propias cantantes.

¿Se odiaban realmente?

La respuesta corta es: no tanto como se ha contado.

Existieron tensión, competencia profesional y declaraciones poco amistosas. Sería falso presentar toda la rivalidad como una invención.

Pero también sería exagerado imaginar una enemistad permanente.

Con el paso de los años aparecieron numerosos gestos de respeto.

Callas reconoció públicamente la belleza de la voz de Tebaldi.

Tebaldi también valoraba el talento artístico de Callas y admitió posteriormente que gran parte del enfrentamiento había sido amplificado por la prensa y los seguidores.

La rivalidad funcionaba porque ambas representaban modelos fácilmente reconocibles.

Una era vista como la actriz-cantante capaz de arriesgarlo todo por la expresión.

La otra, como la gran voz italiana de sonido noble y generoso.

El abrazo que desmontó la leyenda

El episodio más revelador ocurrió en Nueva York en 1968.

Tebaldi cantaba Adriana Lecouvreur en el Metropolitan.

Callas estaba entre el público.

Después de la función acudió al camerino para felicitarla.

Las dos sopranos se abrazaron.

La imagen resultaba difícil de reconciliar con dos décadas de historias sobre odio irreconciliable.

Aquel encuentro no borró la competencia del pasado, pero sí mostró que la relación real entre ambas era mucho menos simple que el relato construido alrededor de ellas.

Dos divas completamente diferentes

La pregunta “¿Callas o Tebaldi?” sobrevivió durante décadas porque obligaba a elegir.

Pero quizá esa nunca fue la pregunta correcta.

Callas podía resultar fascinante incluso cuando su instrumento no sonaba perfecto. Su objetivo era utilizar la voz para expresar conflicto, fragilidad, violencia o desesperación.

Tebaldi ofrecía algo distinto: una sensación de belleza vocal, continuidad y amplitud sonora que la convirtió en referencia de una manera clásica de cantar.

Una podía conmover por la intensidad.

La otra, por la pureza del sonido.

Reducirlas a ganadora y perdedora empobrece precisamente aquello que hizo excepcional a cada una.

Callas se convirtió en mito

La posteridad sí ha tratado a ambas de manera desigual.

Maria Callas terminó convertida en un icono cultural que desborda ampliamente el mundo de la ópera.

Su vida privada, su relación con Aristóteles Onassis, su personalidad pública, su imagen y su muerte prematura contribuyeron a construir una leyenda que continúa viva.

A ello se suma una influencia artística enorme.

Su manera de unir canto y teatro marcó a generaciones posteriores de intérpretes.

Tebaldi, en cambio, conserva una presencia mucho menor fuera del mundo operístico.

Eso no significa que su importancia artística fuese inferior.

Sus grabaciones siguen siendo referencia para quienes buscan comprender una determinada tradición vocal italiana basada en el legato, la amplitud y la belleza tímbrica.

La rivalidad benefició a las dos

Paradójicamente, aquella supuesta guerra terminó engrandeciéndolas.

Los periódicos hablaban de ellas. Los teatros se llenaban. Los seguidores discutían. Las grabaciones circulaban por todo el mundo.

En plena expansión de la televisión y de la cultura de masas, dos sopranos lograron convertirse en auténticas celebridades internacionales.

La rivalidad llevó la ópera mucho más allá de los aficionados habituales.

Personas que quizá nunca habían discutido sobre Bellini, Verdi o Puccini comenzaron a hacerlo a través de Callas y Tebaldi.

La competición terminó funcionando como una formidable campaña de difusión involuntaria para ambas.

Una rivalidad más construida que vivida

Setenta años después, la historia sigue fascinando porque reúne todos los elementos de una gran narración: talento, orgullo, prensa, admiradores enfrentados y dos personalidades extraordinarias.

Existió competencia.

Existieron momentos de tensión.

Pero la idea de dos mujeres consumidas por el odio pertenece en gran medida a la mitología que las rodeó.

La prensa necesitó dos rivales. Los teatros se beneficiaron de la comparación. Los aficionados eligieron bando. Y Callas y Tebaldi terminaron representando dos formas diferentes de entender el arte de cantar.

Cuando se abrazaron en aquel camerino del Metropolitan en 1968 quedó expuesta la gran paradoja de toda la historia.

Nunca fueron realmente intercambiables.

Y probablemente por eso resultó tan irresistible enfrentarlas.

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